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Paisajes inflamables

Megaincendios, un desastre medioambiental que amenaza la península ibérica

#IIFFSonda

El incendio que se declaró el 17 de mayo en las Hurdes, provincia de Cáceres, España, avanzaba dos días después por el Valle del Árrago hacia las localidades de Descargamaría y Cadalso. Unas 700 personas tuvieron que ser evacuadas. Se estima que las llamas afectaron a una superficie cercana a las 10.000 hectáreas. © Mikel Konate para Sonda Internacional © Mikel Konate for Sonda Internacional

Resumen del proyecto

#IIFFsonda
Título proyecto:

Megaincendios: más allá de la extinción

Autor/es:

Un proyecto de Sonda Internacional

Proyecto:

Este proyecto busca recoger en imágenes lo que rodea a los megaincendios que arrasan España para generar conocimiento sobre este fenómeno, mostrar qué hay detrás del nuevo comportamiento del fuego que destruye decenas de miles de hectáreas y enseñar las consecuencias en los ecosistemas y para la población. También recopilará las estrategias para combatir y convivir con estos nuevos incendios y compartirá los proyectos que buscan soluciones mitigando su proliferación, siempre con la fotografía, el vídeo y los recursos gráficos como herramienta principal. Porque ver es indispensable para comprender.

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Texto: Lily Mayers | Imagen Mikel Konate y Paulo Nunes dos Santos.

15 noviembre 2023

* Nota de los editores: recomendamos visualizar el reportaje en pantalla grande (ordenador) para poder disfrutar de una experiencia más inmersiva. Para una mejor navegación las imágenes aparecen redimensionadas en dispositivos móviles.  

Un megaincendio no se desata sin avisar. Esparcimos sus semillas, contemplamos cómo brotan y luego, cuando las llamas superan la capacidad de extinción, nos vemos obligados a retroceder.

Los incendios forestales extremos son cada vez más frecuentes tanto en la península ibérica como en el resto del mundo. Investigadores y especialistas en tareas de extinción insisten en la necesidad de identificar las señales que nos avisan del riesgo de un megaincendio, así como de reconocer cuál es nuestro papel en este tipo de desastres y de replantearnos las ideas preconcebidas sobre estas catástrofes. Para ello, es necesario entender cuáles son los factores que determinan la magnitud y gravedad de los grandes incendios de nuestra era.

¿Qué hay detrás de un megaincendio?

¿Por qué es tan difícil combatirlos?

En un planeta que se calienta, ¿es posible prevenirlos?

Incendio declarado el 17 de mayo de 2023 en las Hurdes, en la provincia española de Cáceres. Se estima que las llamas afectaron a una superficie cercana a las 10.000 hectáreas. © Mikel Konate para Sonda Internacional

Los megaincendios —incendios virulentos e imprevisibles que quedan más allá de la capacidad de extinción— se han convertido en una constante en los veranos del sur de Europa. No hay un consenso internacional sobre las características precisas que definen el concepto de megaincendio, pero en este reportaje utilizamos el término para hablar de aquellos fuegos que arrasan superficies mayores de 5.000 hectáreas o que generan más de 10.000 kilovatios de energía por metro cuadrado. Aunque provoquen pérdidas de vidas, calcinen miles de hectáreas y obliguen a evacuar núcleos urbanos, el debate público sobre este tipo de incendios extremos se suele centrar,  invariablemente, en la causa de la ignición: la acción humana—negligencias, accidentes y actos intencionados— y los rayos que caen sobre árboles son los más señalados. 

Pero el detonante de un megaincendio no es lo que determina su comportamiento, su tamaño o la velocidad a la que se extiende. Tampoco es la clave para prevenirlos.

Más allá de la chispa inicial, las variables que alimentan un megaincendio son tres: las extensiones ininterrumpidas de bosque (la denominada continuidad forestal), el crecimiento de la propia masa forestal (la densidad) y las condiciones meteorológicas. La continuidad, la densidad forestal y la meteorología marcan la diferencia entre un incendio que puede ser controlado y otro capaz de superar la capacidad de extinción y llevarnos a escenarios desconocidos.

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© Jorge Mileto para Sonda Internacional


Los megaincendios no son un concepto nuevo: hay constancia de que ya existían hace cerca de 350 millones de años. Pero los drásticos cambios en el uso de la tierra en el último siglo y la aceleración del cambio climático han hecho que hoy en día sean más frecuentes, más destructivos y afecten a nuevas áreas geográficas. Grecia sufrió en 2023 los peores incendios en la Unión Europea desde que hay registros, con el récord de más de 94.000 hectáreas de tierra calcinadas en un solo incendio y al menos 28 personas fallecidas. La mortal tormenta de fuego de Maui (Hawai) del pasado agosto acabó con la vida de 115 personas y diezmó toda una localidad. Pero si hay un país que ha eclipsado a los demás en términos de superficie calcinada en 2023 ha sido Canadá: allí, los megaincendios han arrasado este año más de 15 millones de hectáreas, la mayor superficie calcinada de su historia y más del doble que el récord anterior, registrado en 1995.

España y Portugal conocen bien los efectos de estos devastadores incendios. En los últimos 17 años, los incendios forestales han arrasado en ambos países más de 3,1 millones de hectáreas. Algunos de los más importantes  fueron los incendios de la Sierra de la Culebra en España en 2022, que destruyeron más de 50.000 hectáreas, y los de 2017 en Portugal —el de Pedrógão Grande en junio, y en varias zonas del norte y centro del país en octubre— , que acabaron con la vida de 117 personas y calcinaron más del 10% de los bosques lusos.

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Coches calcinados en la carretera N-236, entre Figueiró dos Vinhos y Castanheira de Pera, cerca de Pedrógão Grande, Portugal, el 18 de junio de 2017. © João Porfírio vía Sonda Internacional

Extensión de bosques cerca del pueblo de Les Planes d’Hostoles, en la provincia de Girona, Cataluña. © Mikel Konate para Sonda Internacional

Continuidad

La mayoría de los expertos coinciden en que uno de los grandes factores detrás de los megaincendios es la continuidad de los bosques. En términos de riesgo, las extensiones boscosas ininterrumpidas y no gestionadas son un enemigo oculto a plena vista.

En España los bosques se han multiplicado en los últimos 30 años, al contrario que en Portugal. En este último país hubo un gran crecimiento de los bosques en la segunda mitad del siglo XX, pero en la década de 1990 la tendencia cambió: la masa forestal se redujo a causa, según los expertos, de los cambios en el uso de la tierra y los incendios que afectaron gravemente al país.

“A diferencia de otros países europeos y especialmente de España, [en Portugal] no hemos visto esta expansión de los bosques. Lo que vemos claramente es, más bien, la pérdida de terreno agrícola entre los bosques [que se traduce en continuidad], lo que refuerza la tendencia a sufrir incendios cada vez mayores”, dice Paulo Fernandes, ingeniero forestal e investigador principal de la Universidad de Trás-os-Montes y Alto Douro de Portugal. Incluso con el retroceso y la lenta regeneración forestal, el país tiene más árboles de los que puede gestionar.

“La última vez que tuvimos tanto bosque fue a principios del Neolítico”

Profesor Paulo Fernandes

Este mapa muestra los bosques de la península ibérica y Baleares en 1990 y 2018. Usa el deslizador para ver cómo crecen y cambian los bosques. Referencia: CORINE

© Javi Aparicio para Sonda Internacional

 

En 2021, cerca del 56% del territorio español estaba cubierto por ecosistemas forestales (con un 38% de superficie arbolada y un 18% no arbolada), y el porcentaje crece cada año. Según los expertos, para mitigar el riesgo de incendios necesitamos reducir la superficie de árboles y matorral.

Detrás de la creciente continuidad de los bosques está, sobre todo, el abandono de tierras. La mayoría de los bosques de España han sido una fuente de recursos para la población durante miles de años. Sin embargo, a mediados del siglo XX esto cambió: la industrialización llevó al abandono de los terrenos agrícolas, lo que abrió las puertas a una expansión desenfrenada de los árboles. 

Cuando la población agrícola se marchó a las ciudades en busca de mejores oportunidades de empleo en el sector industrial, el bosque fue gradualmente ganando terreno y desdibujó los campos que antes eran de cultivo. Esto llevó a un paisaje de grandes extensiones forestales en la península ibérica, además de dos de los mayores desiertos demográficos de Europa: la Laponia española y la Franja Céltica.

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Pueblo de Aldealcardo, despoblado desde los años setenta del siglo XX, en la comarca de Tierras Altas, provincia de Soria, España. Se encuentra en el territorio de la Serranía Celtibérica, el mayor desierto demográfico del sur de Europa. © Santi Palacios para Sonda Internacional

La continuidad forestal generada por la pérdida de paisajes tradicionales en mosaico (aquellos que estaban dibujados por cultivos, pastos y otras formas de aprovechamiento de la tierra) permite que los incendios tengan vía libre para propagarse sin freno. Uno de los casos más destacados de continuidad forestal de la península es el del bajo Pirineo. Según el Observatorio Pirenaico del Cambio Climático, los bosques cubren el 59% de la superficie de los Pirineos, con las extensiones más continuadas en la región centro-oriental. Los bosques de coníferas de montaña de los Pirineos tienen entre 50.000 y 15.000 años, según diversos estudios de carbono. En el siglo pasado, sin embargo, la línea arbórea se expandió y este tipo de bosque se introdujo en altitudes mayores.

Como la mayoría de los entornos forestales de la península ibérica, el paisaje pirenaico ha sufrido múltiples cambios debido a la gestión del territorio a lo largo de los siglos XIX y XX. “El paisaje forestal  es una expresión de historia social y de historia natural”, dice el geógrafo y doctor en Ciencias Ambientales Martí Boada. Este catalán de 73 años creció en el Prepirineo de Cataluña y ha dedicado su vida a entender los bosques de la península y del resto del mundo. Además de investigarlos de forma exhaustiva, Boada ha sido testigo de los cambios que han experimentado en las últimas décadas.

“El gran cambio es energético: cuando llegaron los hidrocarburos de forma masiva, en los años 50 o 60, la gente dejó de cocinar con carbón o con leña”, explica Boada. Y detalla que, si antes se podían consumir unas cinco toneladas de material procedente del bosque por persona adulta al año, ahora esta cantidad equivale a cinco bombonas de butano. “Esto es clave”, recalca. Cuando los bosques dejaron de utilizarse, los árboles recuperaron el espacio.

El geógrafo subraya que desde la década de 1960 la superficie forestal casi se ha duplicado. Y el aumento de árboles supone, también, un aumento de la demanda de agua por parte del bosque. “Han bajado los caudales de los ríos, los acuíferos, todo”, dice. El estrés hídrico es una de las principales causas de mortalidad forestal en los Pirineos, que actualmente ronda el 35% en algunas zonas. Y cuanto mayor es la mortalidad forestal, mayor es el peligro de sufrir megaincendios.

En un entorno de temperaturas elevadas, la chispa “puede venirte de la manera más inesperada”, señala Boada. “No [solo] en el Prepirineo; todo el valle del Ebro se va a quemar”.

Esta oscura predicción es compartida también por otros expertos. Actualmente los incendios en los Pirineos son raros, pero las simulaciones desarrolladas por el Área Forestal de los Bomberos de la Generalitat de Cataluña revelan que, si hoy se declarase un incendio en condiciones meteorológicas inestables, tendría el potencial de arrasar superficies enormes, alimentado por la abundancia de combustible.

La forma más eficaz de ver el impacto del éxodo rural en la extensión de los bosques es desde el aire. A continuación se muestra el territorio que rodea el municipio de Espinelves, en el Prepirineo catalán, fotografiado desde el aire entre 1954 y 1956, y en la actualidad.

“Ahora mismo  tenemos un 3% más de posibilidades que en 2015 de sufrir un suceso que pueda potenciar que un incendio se extienda más de medio millón de hectáreas en los Pirineos, llegando incluso al millón de hectáreas. Eso era imposible hace diez años. Empezó a ser posible pero poco común en 2015, y ahora hay muchas posibilidades de que suceda. Ya tenemos todos los ingredientes de la receta, sólo es cuestión de tiempo”, dice Marc Castellnou Ribau, inspector del Grupo de Refuerzo de Actuaciones Forestales (GRAF) de Cataluña.

Según las simulaciones, si se desatara un incendio en los Pirineos en condiciones de alto riesgo, no tardaría mucho en transformarse en un megaincendio. En esta transformación puede jugar un papel importante el llamado pirocumulonimbo: una gran nube originada por la intensidad de las llamas; la masa de aire cálido asciende a gran velocidad y se condensa al encontrarse con un entorno más frío. Los pirocúmulos pueden llegar a ocasionar tormentas y actividad eléctrica. Al descargar, pueden emitir ráfagas de lluvia y pequeñas partículas de materia inflamada, capaces de crear nuevos frentes o incendios secundarios. “Se necesita un día para que se genere una piroconvección y una larga noche en la que la piroconvección se mantenga; y el segundo día, finalmente, estalla [el megaincendio]. Ese es el proceso”, detalla Castellnou.

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© Jorge Mileto para Sonda Internacional

“Hay muchas pruebas de zonas montañosas en todo el mundo que están sufriendo el mismo proceso [de aparición de nuevas áreas de riesgo], y los Pirineos no son diferentes”, añade. Esta región se ha convertido en un área prioritaria para su equipo. “Es allí donde pueden ocurrir grandes incendios y donde se realizan más esfuerzos para convencer a la sociedad de que debemos gestionar el paisaje”.

La profesora Graciela Gil-Romera es experta en paleoecología del fuego en el Instituto Pirenaico de Ecología, un centro de investigación dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España. Coincide en advertir de que la actual extensión forestal de los Pirineos crea una situación muy peligrosa.

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Un vecino intenta apagar las llamas que se acercan a la localidad de Sant Fruitós del Bages durante el incendio de El Pont de Vilomara, en Cataluña, el 17 de julio del 2022. © Lorena Sopena vía Sonda Internacional

“Tener una continuidad de combustible como esa, en el escenario del calentamiento global, es una bomba”, dice Gil-Romera. “En ocasiones tenemos bosques urbanos que delimitan directamente con entornos salvajes, y es entonces cuando puede suceder lo peor. Porque entonces podría comenzar un incendio [en la zona urbana] que puede no ser intencionado y propagarse sin fin. Y no habrá nada, ningún medio, que pueda detenerlo”.

Rodeados de masa forestal y diseminados a lo largo de las zonas boscosas prepirenaicas se levantan pequeños pueblos y urbanizaciones rurales. Si se produjese un megaincendio, sus residentes se encontrarían en el ojo del huracán. Esto es algo que preocupa profundamente a Castellnou, testigo de cómo se construyen cada vez más casas en terrenos vulnerables a futuros incendios.

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Mortalidad forestal en el municipio de Muntanyola, en la provincia de Barcelona, Cataluña. © Mikel Konate para Sonda Internacional

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Una vivienda en el municipio de Muntanyola, en la provincia de Barcelona, Cataluña. © Santi Palacios para Sonda Internacional

A su juicio, se ha extendido la creencia de que los equipos de extinción son capaces de apagar todos los incendios y por eso “la población vive tranquila en un litoral mediterráneo o en un bosque boreal”. Pero la realidad es que “no podemos apagar esos incendios”, dice, en referencia a los megaincendios. “No estamos preparados, aunque sí estamos avisados”.

La continuidad forestal es una batalla constante contra el crecimiento de la naturaleza, pero en lugares como España también es, paradójicamente, resultado de la eficacia de los equipos de extinción. Es lo que se conoce como la paradoja de la extinción: la rápida extinción de la mayoría de los siniestros año tras año provoca la acumulación del combustible y por tanto aumenta el riesgo de que los incendios sean mayores.

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Un bombero utiliza el fuego técnico para controlar el incendio de Senan, en la Conca de Barberà, Cataluña, el 21 de marzo del 2021. © Lorena Sopena vía Sonda Internacional

Los incendios periódicos son una parte necesaria de la naturaleza, ya que ayudan a gestionar el crecimiento de la biomasa, el ciclo de nutrientes y la evolución de las especies. Sin ellos, se pierde el equilibrio ecológico y se impide una adaptación al fuego, por lo que hay más posibilidades de sufrir grandes incendios más destructivos. A diferencia de las quemas controladas o los pequeños incendios para quemar hierbas o rastrojos, los megaincendios dañan el tejido vegetal, dejan secuelas a largo plazo y retrasan la recuperación del paisaje debido a su intensidad. Por eso se insiste cada vez más en la necesidad de cambiar el foco y pasar de unas operaciones de extinción reactivas a una gestión proactiva de los bosques.

“El fuego es parte de nuestros ecosistemas en los bosques mediterráneos. Tenemos que convivir con los incendios y podemos, a través de la gestión, decidir cómo se producen”, dice Sergio de Miguel, profesor de la Universidad de Lleida e investigador de ecosistemas forestales globales.

Girar el foco hacia la prevención sería también una importante medida de ahorro.  “Estaríamos respondiendo no a lo que se está quemando, sino a lo que se podría quemar”, dice Marc Castellnou. El coste medio por hectárea de las operaciones de extinción asciende a unos 20.000 euros, mientras que gestionar una hectárea de tierra tiene un coste de entre 2.000 y 3.000 euros, detalla.

Una pista forestal divide un pinar en el norte de la provincia de Cáceres, Extremadura, España. © Mikel Konate para Sonda Internacional

Densidad

Enmarañado en el interior del bosque se encuentra el segundo factor en la receta para un megaincendio: la densidad. Se trata de la acumulación, vertical y horizontal, de vegetación que actúa como “escalera” durante un incendio: una elevada densidad facilita que el fuego se extienda de un árbol a otro y eleva rápidamente las llamas desde el suelo del bosque hasta la cubierta.

La masa de combustible de un bosque puede generar ese efecto escalera y determinar la virulencia del incendio y la rapidez con la que pueda extenderse. Para que nos hagamos una idea aproximada del riesgo que representa la carga de combustible, los ingenieros forestales utilizan una sencilla estimación: si un metro cuadrado de tierra contiene más de un kilogramo de hojarasca o arbusto seco podría arder a 10.000 kilovatios por metro, equivalente a la magnitud de un incendio que supera la capacidad de extinción. 

Si te desvías del camino en un bosque, ¿podrás caminar entre los árboles? En el siguiente vídeo 360 (puedes interactuar pulsando sobre la pantalla con el ratón – sólo desde ordenador) se puede ver que caminar entre las ramas densas y secas es casi imposible. Si se produjera un incendio en este bosque de Las Hurdes, en la provincia española de Cáceres, fácilmente podría convertirse en un mega incendio debido a la cantidad de combustible seco disponible para ser quemado.

En su esencia, la densidad se genera cuando hay una ausencia o déficit de gestión de la masa forestal. Podemos encontrar grandes zonas con una alta densidad en toda la península ibérica. En Portugal, la región central es la que alberga mayor densidad y un ejemplo clave de cómo la gestión forestal puede afectar al comportamiento del fuego.

“Ese es el gran problema de estas grandes zonas forestales continuas y densas tan características del centro de Portugal. Se empezaron a realizar plantaciones [de especies rentables, como el eucalipto] y supuestamente se debían gestionar de forma ordenada. Pero se han convertido en una especie de jungla, por así decirlo, de árboles de diversos tamaños y alturas, y siempre con gran densidad. Por tanto, propician incendios extremadamente violentos”, dice el experto portugués en Ciencias del Fuego Paulo Fernandes.

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Acacias y arbustos secos dominan los bosques cerca de Campelo, una pequeña población afectada por el megaincendio de Pedrógão Grande en 2017, en la región central de Portugal. © Paulo Nunes dos Santos para Sonda Internacional

A su juicio, la región sufre bajo el peso de la masa forestal, que se acumula sobre todo por la falta de mantenimiento. “Los suelos no son buenos para la agricultura, y el uso de los recursos forestales a partir de mediados del siglo XX se convirtió en la opción obvia en términos de ingresos económicos para la población. Al principio toda la zona estaba cubierta de bosques de pinos, y posteriormente de eucaliptos. El problema es que en estas plantaciones, especialmente después de los incendios, la gestión suele ser muy limitada”, explica.

Portugal ocupa el séptimo lugar entre los diez países con mayor proporción de bosque de propiedad privada: alrededor del 95% de la superficie forestal total del territorio está en manos de particulares (un porcentaje similar al de la vecina provincia española de Galicia). Muchas de las propiedades privadas tienen una superficie de menos de 0,5 hectáreas, pero pese a ello sus propietarios no pueden, ni física ni económicamente, gestionarlas activamente.

“Hay un dicho en Portugal que dice que el dueño de un terreno solo lo toca cuando se casa su hija. Entonces, corta los pinos para pagar los gastos de la boda. Es una caricatura, pero es un poco así”, dice el profesor Fernandes.

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Eucaliptos y arbustos muertos en una plantación no gestionada cerca de Nodeirinho, en Pedrógão Grande, una zona afectada por el megaincendio de 2017 que tuvo lugar en el centro de Portugal. © Paulo Nunes dos Santos para Sonda Internacional

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Maquinaria pesada empleada en la limpieza de vegetación junto a una carretera en las inmediaciones de Cercal, un pequeño pueblo cercano a Figueiró dos Vinhos, una zona afectada por el megaincendio de 2017 que tuvo lugar en el centro de Portugal. © Paulo Nunes dos Santos para Sonda Internacional

“No hay gestión de bosques y, en muchos casos, no hay gestión profesional. Si hay alguna, es en bosques gestionados por empresas. Este tipo de bosques o plantaciones son intrínsecamente vulnerables al fuego a causa de la acumulación de biomasa debido a las especies plantadas, que normalmente son de crecimiento rápido, como los pinos, o muy rápido, como los eucaliptos”, añade.

Según algunos expertos, las plantaciones de eucalipto, que abundan en toda la península ibérica, cargan con una parte desproporcionada de culpa cuando se habla de su papel en los incendios. “La culpa siempre se le atribuye al eucalipto, pero sabemos que [la acumulación de biomasa] es algo muy generalizado. Podrían ser eucaliptos, pinos, alcornoques o simplemente áreas de arbustos”, dice el experto portugués. La clave está en la gestión o la falta de ella, insiste. Y subraya el papel que juegan, en este sentido, las plantaciones abandonadas en Portugal. Con la cantidad de árboles en la región central del país, es prácticamente imposible seguir el ritmo del crecimiento de la vegetación.

Dina Duarte ha pasado toda su vida en el pequeño pueblo de Castanheira de Pêra, en el distrito de Leiria, en el centro de Portugal. Esta localidad tiene tan solo 2.645 habitantes que viven en medio de un espeso bosque no gestionado de acacias, pinos y eucaliptos, muchos de los cuales se agrupan formando cubiertas sobre pequeños caminos y se extienden hasta las puertas de las casas.

“Desde pequeña he sabido que tenía que estar preparada para lidiar con esto el resto de mi vida. Soy consciente de que cada vez que llega el calor puede haber incendios”, dice Duarte.

Tras haber sobrevivido al incendio de Pedrógão Grande en 2017, que acabó con la vida de 66 personas, Dina Duarte, como muchos otros, ha cambiado su visión de los incendios forestales y del papel que la densidad forestal juega en su comportamiento impredecible. El incendio de 2017 “fue distinto a todo lo que creíamos que era un incendio. Era demasiado rápido, demasiado intenso, demasiado todo. Nos marcó para siempre”, dice esta mujer de 53 años.

Después del incendio, Dina comenzó a trabajar con la Asociación de Víctimas del Incendio de Pedrógão Grande, que actualmente preside. Su trabajo se centra en crear conciencia y educar sobre los riesgos de los megaincendios, particularmente entre la población rural de más edad, que se encuentra en declive. “Creo que el incendio del 17 de junio vino para crear conciencia y abrirnos los ojos a esta nueva realidad. Tenemos que hacer algo diferente. Tenemos que aplicar leyes para que la población de los pueblos, que cada vez es menos, pueda vivir de forma segura cerca de la naturaleza”.

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Portada del diario portugués Jornal de Noticias, del 18 de junio de 2017.

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Portada del diario portugués Público, del 19 de junio de 2017.

La profesora Fantina Tedim trabaja para ayudar a otros a adaptarse a la nueva realidad. Es coautora del libro Extreme Wildfire Events and Disasters (“Incendios forestales extremos y desastres”) y se muestra realista al hablar sobre el control de la densidad forestal de Portugal.

“Portugal no tiene los recursos necesarios, ni humanos ni económicos, para gestionar todo el combustible. Por eso, es importante prestar atención a los lugares donde es estratégico realizar esta gestión para evitar que se produzcan incendios o que el combustible influya en su comportamiento”, dice. Aunque ha sido testigo de algunos cambios en las políticas de gestión del combustible de Portugal desde los megaincendios de 2017, como la obligatoriedad de limpiar las zonas aledañas a hogares y poblaciones, recalca que un enfoque único no va a funcionar. “La realidad es mucho más compleja. La gestión del combustible debe llevarse a cabo de diferente manera en función de si estamos ante un bosque de eucalipto, de pinos o de robles”.

Para Tedim, las medidas de prevención aplicadas no son suficientes para evitar otro megaincendio en la zona. “La situación vivida en Pedrógão y en los incendios de octubre de 2017 seguramente se repetirá en el futuro. Ahora bien, ¿cuándo? ¿El año que viene? ¿En dos, diez o quince años? Nadie lo sabe”.

 

También en España se pueden encontrar ejemplos similares de densidad forestal preocupante. En Extremadura, por ejemplo, numerosas fincas y olivares han quedado abandonados ante el alto coste de la mano de obra y la falta de rentabilidad. Jesús Campo García está entre quienes se han marchado de sus parcelas. Tiene 72 años y ha pasado su vida en el Parque Nacional de Monfragüe y sus alrededores, trabajando como agente forestal y, como muchos vecinos, tiene olivares en el municipio de Serradilla.

Explica que en La Solana, la localidad de Badajoz donde se encuentra, solo se administran un puñado de fincas: “Las que pegan justamente al camino, son las únicas. Lo demás, todo [está] perdido completamente”, dice. Durante sus 25 años trabajando como agente forestal local fue testigo del cambio del paisaje: los arbustos se acumulaban y los incendios se intensificaban.

A la elevada densidad de los bosques contribuyen también unas regulaciones estrictas dirigidas, precisamente, a conservar los espacios naturales, especialmente en España. A partir de la segunda mitad del siglo XX, se fueron aprobando paulatinamente nuevas normas dirigidas a garantizar la protección ambiental necesaria para preservar la biodiversidad y los hábitats. En Portugal, actualmente el 22,4% de la tierra se cataloga como “área protegida”, mientras que en España es el 28%. Buena parte de esas áreas protegidas forman parte de una cadena de bosques europeos conocida como red Natura 2000. La protección supone que, para preservar las especies nativas y la vida silvestre, se limita la capacidad de gestionar la masa forestal, la creación de cortafuegos y las quemas controladas. A los expertos, principalmente en España, les preocupa que las restricciones puedan poner en peligro los propios objetivos por los que fueron creadas.

En la temporada de incendios de 2022, el 42% del total de las tierras arrasadas en España se encontraba dentro de espacios de la red Natura 2000, siendo la Sierra de la Culebra y el Parque Nacional de Monfragüe los más afectados. En Portugal, el 37% de los incendios se produjeron en espacios protegidos de Natura 2000, y los más afectados fueron el Parque Natural de la Serra da Estrela y el Parque Natural de Alvão. Esto forma parte de una tendencia en los últimos años, en los que las áreas protegidas parecen ser cada vez más vulnerables a los incendios. En Portugal, este tipo de zonas protegidas plantean un problema menor debido a leyes menos estrictas, que permiten un equilibrio más sencillo entre el ser humano y la naturaleza.


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Referencia: Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico

© Javi Aparicio y Jorge Mileto para Sonda Internacional

En España, los incendios que se han producido en espacios de la Red Natura 2000 han resultado ser de media dos veces más destructivos que los que se originan fuera de ellos, según el informe Los incendios en la Red Natura 2000 . “Aquí hay dos mensajes importantes. Uno es que las áreas protegidas no lo están contra los incendios, arden. Así que en ellas debe haber prevención de incendios. En algunas áreas, vemos que zonas protegidas arden más de lo que deberían por la superficie que ocupan”, dice el científico e ingeniero forestal Víctor Resco de Dios, profesor de Ingeniería Forestal de la Universidad de Lleida y coautor de un estudio sobre las causas de los incendios de 2022.

Algunas familias que viven en áreas protegidas o en sus proximidades temen que las estrictas leyes que rodean la retirada de masa forestal potencien incendios forestales mayores. Carlos Grande Muñoz ayuda a su hermano a gestionar una explotación ganadera en Miravete, que linda con el área protegida del Parque Nacional de Monfragüe. Su familia sufrió los efectos del incendio de julio de 2022: su propiedad quedó arrasada y el fuego mató a 35 de sus ovejas y a una yegua.

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Jesús Campo García, vecino de Serradilla, en la provincia española de Cáceres, muestra a cámara aceitunas de su olivar. © Mikel Konate para Sonda Internacional

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Rebaño de ovejas en la provincia española de Cáceres. © Mikel Konate para Sonda Internacional

El ganadero, de 37 años, recuerda que entonces la situación en Extremadura era, como cada verano, “muy complicada por el calor, las altas temperaturas y los días de viento muy peligroso”. Los vecinos sabían que un incendio así podía llegar, dice, pero no esperaban “esa magnitud”.

Como muchos propietarios locales, Carlos Grande siente que no existen incentivos para gestionar la tierra. Lo que sí existen, dice, son medidas disuasorias, como elevadas multas por alterar el hábitat de la vida silvestre o los papeleos necesarios para que muchas actividades sean aprobadas.

Para el ganadero, las trabas son tantas que al final el entusiasmo se pierde. “Prefiero tirar la toalla. Esta zona se está despoblando de ganadería, de gente y de todo, porque no se ayuda en nada. Al contrario. Son todo pegas”, se lamenta.

Carlos Grande da de comer a su rebaño de ovejas en la provincia de Cáceres, Extremadura, España. © Mikel Konate para Sonda Internacional

Embalse de Sau, Barcelona, julio de 2023. © Pablo Tosco para Sonda Internacional

Meteorología

Algunos de los factores más importantes que potencian un megaincendios son invisibles, pero es esencial comprenderlos. Entre ellos están la humedad, el viento y las temperaturas.

La relación entre los bosques y su acceso al agua —tanto a través de la tierra como de la atmósfera— influye directamente en su inflamabilidad y, por tanto, en el riesgo de que haya un megaincendio. A mayor acceso al agua, más humedad contiene la vegetación y menos inflamable es. Cuando las temperaturas son altas y la humedad relativa es baja, las plantas buscan retener la mayor cantidad de agua posible, pero su contenido de humedad es en cualquier caso menor y, como resultado, arden más rápido.

Este vídeo ilustra la diferencia en la velocidad e intensidad con la que arden dos muestras de pino (Pinus pinea). La rama de la izquierda contiene solo una humedad del 23%, mientras la rama de la derecha tiene una humedad interna del 162%. 

Experimento realizado para Sonda Internacional en el Laboratorio de Incendios Forestales del INIA-CSIC de Madrid. Imágenes IRcedidas por el Grupo de Incendios Forestales del ICIFOR-INIA, CSIC.

El investigador Javier Madrigal, científico titular del Instituto de Ciencias Forestales (ICIFOR-INIA, CSIC) y profesor asociado de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), realizó este experimento para SONDA. La inflamabilidad de una planta, explica, viene determinada en parte por sus características, como el grosor, pero lo que es determinante es la cantidad de agua que tenga en su interior. “Eso no quiere decir que un árbol húmedo no vaya a arder, porque si hay mucha energía se perderá todo. Pero nos da una idea de lo fácilmente que puede ocurrir el proceso en uno u otro caso”.

A largo plazo, el tiempo seco y la falta de precipitaciones se traducen en sequía. La península ibérica sufre periódicamente largos periodos sin las precipitaciones suficientes. En concreto, los periodos de sequía que han afectado a España en los últimos cuatro años podrían tener un efecto duradero en lo que se refiere al riesgo de megaincendios.

“Todos los modelos climáticos dicen que va a durar décadas, que no es una sequía temporal sino un cambio de circulación a escala global. Así que vamos a ver un cambio total de nuestros paisajes en las próximas décadas, porque estamos en un cambio de régimen hídrico”, apunta Marc Castellnou.

Datos: Muñoz Sabater, J. (2019): ERA5-Land monthly averaged data from 1950 to present. Copernicus Climate Change Service (C3S) Climate Data Store (CDS).

© Javi Aparicio para Sonda Internacional

El combustible seco es de especial riesgo en caso de tormentas eléctricas sin lluvia. Los incendios que se declaran a causa de rayos sólo representan un pequeño porcentaje del total de los incendios en España y Portugal, pero están aumentando su frecuencia y arrasando superficies cada vez mayores. Los investigadores creen que esto es porque pueden declararse en un momento de elevada inestabilidad atmosférica, a menudo en áreas densamente boscosas y no vigiladas, y son capaces de provocar múltiples incendios de manera simultánea.

“Cuando se produce un incendio en esas condiciones [de tormenta eléctrica], la atmósfera tira literalmente hacia arriba del frente de llama, lo atrae hacia sí y acelera el proceso de combustión”, explica Madrigal.

Tormenta eléctrica sobre el pueblo de Olot, provincia de Girona, Cataluña. © Mikel Konate para Sonda Internacional

Más allá de la meteorología, la topografía también juega un papel importante a la hora de determinar la dirección e intensidad de un megaincendio. Si un área es inaccesible para personas o maquinaria, el combustible no sólo no se podrá gestionar, sino que un eventual incendio no se podrá controlar. Las características de la superficie del terreno pueden determinar además el avance del fuego, al influir en su dirección a través de aspectos como el grado de pendiente o la creación de canales de viento.

La crisis climática actúa como catalizador de todos estos factores. El calentamiento global no solo está contribuyendo a prolongar la temporada de incendios, sino que aumenta la frecuencia e intensidad de los megaincendios y añade una presión adicional a un problema que ya nos afecta. El doctor Tiago Oliveira, presidente de la Agencia lusa para la Gestión Integrada de Incendios Rurales (AGIF), lo describe como un desafío sin héroes posibles. “¿Conoce a alguien que haya sido proclamado un héroe por haber evitado algo que aún no hubiese sucedido? No es algo corriente, nos enfrentamos a un dilema. Sabemos cómo hacerlo [cómo prevenir incendios] y el dinero fluye en la dirección adecuada, pero no lo hacemos tan rápido como se debería”.

“Hay un chiste que cuentan quienes trabajan con este tipo de fenómenos. Un tipo se lanza desde un décimo piso. Mientras cae, a la altura del segundo piso dice: ‘¡De momento, todo va bien!’. No es más que un chiste sarcástico, pero en cierto modo ilustra lo que está por llegar.”

Si no gestionamos la vegetación, la única solución que tendremos llegado el momento crítico será la evacuación. No se puede combatir ese tipo de incendios a menos que se gestione el combustible”.

Dr. Tiago Oliveira

Bosque arrasado por las llamas en marzo de 2023, en el límite entre las provincias de Teruel y Castellón, cerca del municipio de San Agustín. El incendio arrasó cerca de 4.700 hectáreas. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Créditos

Dirección: Mikel Konate | Texto: Lily Mayers | Vídeos: Mikel Konate y Pablo Tosco | Fotografías: Paulo Nunes dos Santos, Mikel Konate, Lorena Sopena, João Porfírio y Santi Palacios | Ilustraciones: Jorge Mileto | Análisis y visualización de datos: Javi Aparicio | Edición de texto: Maribel Izcue | Edición gráfica: Santi Palacios | Desarrollo web: Full Circle | Traducción: Dixit | Producción: Sonda Internacional

La realización de este reportaje ha sido posible gracias a una beca del Journalismfund Europe.

¿Cómo hemos realizado este reportaje?

Este reportaje ha implicado diez meses de trabajo. Ha involucrado entrevistas con más de 20 personas, incluidos vecinos y vecinas de áreas afectadas por incendios, ingenieros forestales, profesores, investigadores, bomberos y analistas de incendios. El equipo de Sonda ha recorrido miles de kilómetros a través de España y Portugal, atravesando innumerables áreas forestales para comprender la problemática de primera mano.

Sonda Internacional quiere agradecer a Víctor Resco de Dios, Marc Castellnou, Isa Vázquez y Javier Madrigal su apoyo y asesoramiento en la realización de este reportaje.

Megaincendios: más allá de la extinción

Este reportaje forma parte del proyecto Megaincendios: más allá de la extinción, un trabajo de largo recorrido que sólo es posible gracias a la colaboración de expertos/as y, sobre todo, de la comunidad de socios y socias que nos apoya para hacer periodismo visual sobre la crisis climática. 

El proyecto ya está en marcha, pero necesitamos apoyo para completarlo, porque el periodismo en profundidad no es económicamente rentable, pero merece la pena que exista. Puedes hacerte socio/a mensual o anual (o hacer una donación puntual) aquí.

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