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Los plásticos que ahogan el mar

El caso de Metro Manila, Filipinas

#MegaciudadesContaminación

Bahía de Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Resumen del proyecto

#MegaciudadesyContaminación
Título proyecto:

Megaciudades y contaminación

Autor/es:

Fotografía: Santi Palacios | Texto: Maribel Izcue | Vídeo: Mikel Konate | Producción en terreno: Rica Concepcion

Proyecto:

Megaciudades y contaminación: El Epicentro Asiático es un proyecto fotodocumental que analiza tres de los mayores retos medioambientales del siglo XXI: los residuos plásticos, la mala calidad del aire y la contaminación del agua. El proyecto se centra en tres megaciudades de Asia, el continente más poblado del mundo: Metro Manila, Delhi y Yakarta.

Fotografía: Santi Palacios | Texto: Maribel Izcue | Vídeo: Mikel Konate | Producción en terreno: Rica Concepcion

25 octubre 2022

Está en envases, en aparatos electrónicos, en muebles, en textiles. En nuestros coches, trenes y aviones. En grandes maquinarias y en pequeños objetos de uso cotidiano. El plástico, ese material prácticamente indestructible, se fabrica de forma industrial desde hace más de siete décadas. Su consumo se ha cuadruplicado en las últimas tres décadas, y la producción supera hoy los 400 millones de toneladas al año.

Pese al espacio que ocupa el concepto del reciclaje en algunos discursos medioambientales, en realidad solo el 9% de los residuos plásticos se recicla, según cálculos recogidos por la OCDE. Otro 50% termina en vertederos, un 19% se incinera y el 22% escapa a los sistemas de gestión de basura y acaba, en su mayoría, vertido en el entorno. Estos números son estimaciones: las cifras no se conocen con exactitud, pero permiten situar la cantidad de plástico que albergan los ecosistemas acuáticos en unos 140 millones de toneladas. Algo más de 109 millones se encuentran en ríos, 30 millones en mares y océanos y cerca de un millón en lagos.

¿Desde dónde han viajado hasta llegar allí? Los datos varían, y mucho, en función de las metodologías de investigación, pero el Banco Mundial calcula que más del 80 por ciento del plástico que cada año acaba en los océanos (entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas) proviene de Asia, el continente más poblado del planeta.

Un estudio publicado en 2015 en la revista Science hacía un ránking en el que China, Indonesia y Filipinas lideraban la lista de países del mundo que más plásticos vierten al mar. Aquel informe, recogido por muchos medios internacionales, basaba sus conclusiones en estadísticas, ante la acuciante falta de datos sobre las cantidades reales de residuos. Investigaciones posteriores responsabilizaron en cambio a países como EEUU o la India; pero el estudio de 2015 “fue bueno, porque sirvió para iniciar el debate y sirvió de estímulo para otras investigaciones y trabajos científicos”, dice Deo Onda, investigador del Laboratorio de Oceanografía Microbiana de la Universidad de Filipinas.

Más allá de las responsabilidades y del vacío de datos, en la metrópolis de Manila, una capital que recibe y genera millones de toneladas de residuos cada año, se materializa el paradigma de un sistema que está inundando el planeta con una marea de plásticos. 

Las ciudades de Mandaluyong y Makati, separadas por el río Pásig, vistas desde el piso 33 de un rascacielos en Makati, Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Adentrarse en Metro Manila es hacerlo en la urbe más congestionada de Filipinas, un archipiélago de 7.641 islas. La mastodóntica metrópolis está en realidad dividida en diecisiete ciudades distintas: son municipios con fronteras administrativas, invisibles a los ojos de quien recorre las calles de este gigantesco conglomerado urbano en el que viven casi 13,5 millones de personas. 

Sobre una extensión de más de 600 kilómetros cuadrados se levantan rascacielos que conviven con barriadas de chabolas, carreteras modernas con caminos a medio hacer, atascos interminables, modestos mercados al aire libre y centros comerciales punteros. En Metro Manila viven, consumen y generan residuos más de 21.000 personas por kilómetro cuadrado.

Cruce de la avenida Recto con la calle Delpa, en Tondo, Manila, Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

La urbe se asienta en la Bahía de Manila, un amplio puerto natural en la costa occidental de la isla de Luzón, la principal del archipiélago filipino. Aquí desembocan las aguas de una intrincada red de ríos y canales que arrastran miles de toneladas de basura que genera la ciudad cada día. En los últimos años ha habido esfuerzos renovados para limpiar la polución. Ello no ha impedido que la bahía, ahogada por los residuos que arroja la ciudad, siga siendo una de las más contaminadas del mundo.

Una playa del santuario natural de Las Piñas-Parañaque, en Metro Manila, amanece cubierta de plásticos traídos por la marea. © Santi Palacios para Sonda Internacional

«Estamos empezando a arañar la superficie del problema».

Dr. Deo Onda, oceanógrafo. Instituto de Ciencias Marinas de la Universidad de Filipinas

ORIGEN

Residuos de plástico sumergidos en la desembocadura del río Pásig, en el barrio de Baseco, Manila, Metro Manila. © Mikel Konate para Sonda Internacional

«Si buscabas en Google hace cinco años ‘mayores contaminantes de plásticos del mundo’, probablemente verías: ‘Filipinas, China, Indonesia’. Pero si haces la búsqueda ahora, lo primero que aparecerán serán, seguramente, nombres de corporaciones». Miko Aliño es coordinador de Responsabilidad Corporativa de #breakfreefromplastic (BFFP), un movimiento integrado por unas 2.700 organizaciones ecologistas en todo el mundo, y habla con cierta satisfacción de este cambio de tendencia. Desde su oficina en Quezon City, una de las ciudades de Metro Manila, Aliño insiste en que para afrontar la contaminación por plástico es necesario ir al origen y apuntar a los fabricantes, no a los consumidores.   

Cada año, BFFP realiza una auditoría de marcas contaminantes analizando los residuos plásticos recogidos en entornos naturales; la de 2021 señalaba a Coca Cola, la alimentaria Universal Robina, Nestlé, Procter & Gamble o el conglomerado Mondelez como las responsables del mayor número de residuos plásticos en el país.

La bestia negra en lo que se refiere a contaminación son, en Filipinas y en el resto del planeta, los plásticos de un solo uso. Cerca de la mitad de todos los plásticos que se producen al año están diseñados para ser utilizados una única vez antes de ser desechados o reciclados: desde botellas a platos, vasos y cubiertos, bolsas, envases, film transparente o embalajes de todo tipo.

© Sonda Internacional

© Sonda Internacional

Parte del problema son los llamados sachets, sobres monodosis utilizados en muchos productos de uso diario, desde pasta de dientes hasta detergente o café instantáneo. Su reciclaje es prácticamente imposible —están formados por capas de aluminio y plástico— e invaden en forma de desechos las calles, ríos y el mar de la capital. El target de las marcas que utilizan estos sobres son las personas con menos recursos: un bote de 330 ml. de champú puede costar en torno a 300 pesos (algo más de 5 euros), mientras que un sachet monodosis de la misma marca se consigue por tan solo 8 (menos de 15 céntimos de euro). Se calcula que en Filipinas, un país en el que una de cada cinco personas vive bajo el umbral de la pobreza, se utilizan cada día unos 163 millones de sobres monodosis: extendidos, cubrirían toda la superficie de Metro Manila con una capa de 30 centímetros de espesor. 

Existen leyes que regulan la gestión de residuos para proteger el medioambiente, pero en gran parte se quedan en tinta sobre papel. La principal es la que, desde el año 2001, ofrece un marco legal para regular la gestión ecológica de residuos sólidos. Sin embargo, deja muchos vacíos. Establece, entre otros puntos, la prohibición de “productos medioambientalmente no aceptables”, pero no detalla cuáles son esos productos. Sí ha habido algunos avances, como la prohibición desde 2020 de algunos plásticos innecesarios en oficinas públicas o de las bolsas de plástico, pajitas, vasos y cubiertos de ese material en algunas ciudades de la metrópolis. Pero es un paso pequeño en una carrera de larga distancia: el plástico de un solo uso sigue siendo omnipresente en todo tipo de productos y envoltorios.

Un camión circula por la ciudad de Manila transportando contenedores de mercancías tras salir del puerto de la ciudad. © Santi Palacios para Sonda Internacional

 

A los residuos plásticos generados en la propia megaurbe se suman los que llegan de terceros países. Desde que China, que era el gran receptor mundial de residuos, prohibió en 2018 la importación de basura del extranjero, los países desarrollados la desviaron a otros destinos. Filipinas no admite, oficialmente, este tipo de residuos y tuvo, de hecho, tensiones diplomáticas con Canadá a causa de varios contenedores enviados por mar bajo la designación de “plástico reciclable”, cuando en realidad era basura que iba desde pañales usados a periódicos. 

“Tenemos políticas que limitan ciertos tipos de basura, pero pueden entrar residuos plásticos cuando se envían como ‘material reciclable’. Hay un vacío legal. Una de las condiciones es que el material no esté mezclado con residuos municipales, pero no tenemos los recursos para revisar cada contenedor”, explica Marian Ledesma, de Greenpeace Filipinas. Es, dice, el nuevo “colonialismo de la basura”. 

Deo Onda incide en las responsabilidades. “Estás llevando más basura a países que ya sabes que tienen sistemas ineficientes de gestión. Ya te imaginas que no se recuperará al cien por cien y que terminará en el entorno. Así que la cuestión no es solo quién lo está vertiendo. Es también quién lo está produciendo, y quién lo está exportando a estos países”.

CONSUMO

Vista desde un rascacielos de Makati, una de las ciudades con rentas más altas de Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Cada día se generan en Metro Manila unas 9.000 toneladas de residuos sólidos. Se calcula que la mayoría (casi un 57%) son desechos domésticos, entre los que hay grandes cantidades de plásticos. El resto proviene de la actividad comercial (más de un 27%), y de centros públicos y el sector industrial (un 16%). 

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Supermercado en un centro comercial de Makati. © Santi Palacios para Sonda Internacional

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Productos plastificados para su venta en un supermercado de Makati. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Mercado de Quiapo, en la ciudad de Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Repartida en más de un millar de barrios o barangays —la unidad administrativa más pequeña en el archipiélago—, la población de Metro Manila tiene muchas diferencias en el poder adquisitivo, y también en la forma de comprar y consumir plástico. Si bien los sobres monodosis son populares en las barriadas de chabolas y entre la población con menos recursos, en los últimos dos años —con la ciudad semiparalizada en uno de los confinamientos más largos del mundo por la pandemia— se ha disparado el consumo a través de compras online entre la clase media y alta, lo que se ha reflejado en un aumento de los residuos de envoltorios plásticos.

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Viviendas junto al puente Kalayaan, que cruza el río Pásig. © Santi Palacios para Sonda Internacional 

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Plásticos de un solo uso a la venta en un puesto callejero. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Con la mejora de la situación sanitaria la mayor parte de la población ha vuelto a las calles y centros comerciales para hacer sus compras; pero tanto en las baldas de supermercados como en los puestos callejeros, el plástico desechable sigue invadiéndolo todo.  

El peso de reducir la contaminación plástica “termina recayendo sobre los hombros de los consumidores: se nos dice que gestionemos correctamente los residuos, que consumamos menos”, dice Deo Onda. “Pero creo que también debería estar en el otro extremo del espectro. Las empresas que producen plásticos también deberían asumir la carga. Al fin y al cabo son ellas las que realmente se están beneficiando de esto, no nosotros”.

La ciudad de Manila vista desde la bahía. © Santi Palacios para Sonda Internacional 

Hay una forma de consumo menos evidente que también deja su huella plástica en el entorno, especialmente en los ecosistemas acuáticos. Investigadores de la Universidad de Filipinas han detectado cantidades relevantes de microplásticos procedentes de textiles sintéticos en seis ríos o afluentes que desembocan en la bahía de Manila. En su mayor parte se trata de fibras de polipropileno y polietileno que se dispersan a través de los lavados de ropa. También han detectado otros microplásticos primarios (los fabricados originalmente con tamaño microscópico y que, a diferencia de los secundarios, no proceden de la degradación de plásticos mayores) utilizados en productos que van desde neumáticos hasta pinturas o cosméticos.

RECICLAJE

Un vertedero privado cercano a Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional 

La población, la industria y el consumo en Metro Manila han crecido a un ritmo mucho mayor que su capacidad para recoger y gestionar la basura. Aunque la legislación actual establece que metales, plásticos y otros materiales recuperables deben ser segregados y reciclados, la realidad es que no existen ni las instalaciones ni la mano de obra suficiente para hacerlo. 

Se calcula que más de un 85% de la basura generada en la capital queda fuera de los canales formales de recogida de desechos. Una vez más, es una estimación. Se desconoce cuál es la cantidad que realmente se recicla en el país. «Depende a quién preguntes, la tasa de reciclaje de plástico varía entre el 9 y el 14%. Pero algunos estudios recientes apuntan a que es menos del 2%», dice Miko Aliño. En lo que sí coinciden todos es en que se necesita invertir más en reforzar la gestión de la basura urbana.

Danilo trabaja segregando plásticos para su venta en Tondo, ciudad de Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Lo cierto es que un gran volumen de plástico con alto valor reciclable termina en el entorno o en vertederos; esto sucede a lo largo de todo el país, lo que supone desechar recursos por un valor que, según el Banco Mundial, podría superar los 800 millones de dólares anuales.

En Metro Manila, tres grandes vertederos absorben oficialmente la basura de la megaurbe. A su alrededor han nacido depósitos irregulares de residuos en los que cientos de personas rebuscan materiales que revender. Existe además una cadena informal de reciclaje incluso antes de que lleguen a los vertederos: en barriadas como Tondo, colindante con el puerto, se amontonan en almacenes o al aire libre residuos procedentes de camiones de basura, de depósitos ilegales, de urbanizaciones, de supermercado y otros centros de consumo que son recolectados, segregados y limpiados por los residentes.

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Una mujer limpia tapones de plástico recogidos en el Parque Marino de Tanza para su venta. © Santi Palacios para Sonda Internacional

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Un hombre segrega plásticos para su venta en un vertedero cercano a Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Evelyn, 33, muestra a cámara los plásticos que ella y su familia reciclan para su venta. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Evelyn

Evelyn F. Vicentico tiene 33 años y vive en el barrio de Payatas, conocido por albergar el que fuera uno de los mayores vertederos de Metro Manila. Con solo 10 años aprendió a rebuscar entre las montañas de basura para revender residuos y aportar algunos ingresos a su familia. El vertedero de Payatas, con toneladas de desechos que crecían día a día, era el modo de vida de la mayoría de las familias del barrio. Pero también era fuente de accidentes. El más trágico ocurrió en 2000: un derrumbe dejó cientos de chabolas sepultadas bajo la basura y acabó con la vida de 232 personas. El vertedero se cerró definitivamente en 2017, pero buena parte de los vecinos del lugar sigue dependiendo de la basura.

 La familia de Evelyn trabaja limpiando y cortando plásticos para su venta en Quezon City. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Hace diez años que Evelyn y su familia recolectan plásticos usados. En el patio de su pequeña vivienda de cemento separan aquellos que necesitan ser lavados. Los limpian con cuidado con jabón para eliminar el olor y los secan con esmero antes de venderlos. En las tiendas de chatarra no los aceptan si detectan que algún plástico está húmedo.

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 La familia de Evelyn trabaja limpiando y cortando plásticos para su venta, en Quezon City. © Santi Palacios para Sonda Internacional

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 La familia de Evelyn trabaja limpiando y cortando plásticos para su venta, en Quezon City. © Santi Palacios para Sonda Internacional 

Los mejores son los utilizados para envíos, cuenta: suelen estar limpios. En una semana, pueden recoger hasta 60 kilos de plástico, que les reportan cerca de 1.300 pesos (unos 23 euros). Mientras habla, empieza a llover y todos corren a recoger los plásticos tendidos. «Sin plástico —dice— no tendríamos sustento».

Un niño recoge los plásticos que la familia de Evelyn ha limpiado para que no se mojen con la tormenta que acaba de comenzar en Quezon City. © Santi Palacios para Sonda Internacional

A pocos kilómetros de la casa de Evelyn está el establecimiento de Felipa Abaño, de 49 años. Ha estado en el negocio de la compraventa de desechos desde 2010.

Felipa, 49, muestra a cámara los sacos que almacena en su empresa con materiales para reciclar. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Felipa

Su establecimiento es un almacén donde se amontonan residuos ya limpios y seleccionados. Hay cartón y metal, pero lo que más abunda es el plástico. Felipa cuenta que cuando en Quezon City, la ciudad de Metro Manila en la que se encuentra, prohibieron las bolsas de plástico de un solo uso, el negocio se resintió. Se centró entonces en otro tipo de productos plásticos, de fiambreras a botellas, y logro salir a flote. Cada semana llegan a su almacén unas tres toneladas de plásticos, que revende a una factoría en la cercana ciudad de Valenzuela. “No creo que el plástico sea malo. Si cada hogar gestionara su basura de forma responsable, no sería algo malo”

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Los empleados de Felipa segregan y almacenan plástico y cartón para su posterior venta. © Santi Palacios para Sonda Internacional

VERTIDOS

La corriente del río Pasig arrastra residuos a su paso por Manila. © Mikel Konate para Sonda Internacional

La basura que termina vertida en el entorno de Metro Manila se cuenta por toneladas: está en ríos, en la costa, en los manglares, en el océano. A la contaminación visible —que tiene, sobre todo, forma de plásticos— se suma la invisible, los residuos tóxicos disueltos en las aguas fluviales que llegan a la boca de la bahía y de allí se extienden por el mar. 

Plásticos acumulados en la red fluvial de Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Los ríos

Son las grandes arterias por las que fluye la basura plástica en la capital filipina, son su principal vía de transporte al océano. La cantidad que llega hasta las aguas de la bahía no solo está determinada por el volumen de plásticos generado en la cuenca del río —que, a su vez, depende de  la concentración de población, desarrollo económico y calidad de la gestión de residuos—: también influyen el clima, la geografía o  la distancia de las urbes al mar.

En Metro Manila confluyen factores que crean la ‘tormenta perfecta’ para el vertido de plásticos al océano: una altísima densidad de población alrededor de los ríos, un rápido —y desigual— crecimiento económico e industrial, un endeble sistema de gestión de basuras y una megaurbe pegada, literalmente, al mar.

Sus tres principales ríos (el Pásig, el Tullahan y el Meycauayan) están entre los que más plástico vierten al mar en todo el mundo, según un estudio publicado por Science Advance. Se calcula que solo el Pásig, que con 27 kilómetros corta la megaurbe, contribuye con 63.000 toneladas al año. En todos los ríos se registra una elevadísima presencia de microplásticos.

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Nenita, 67, muestra a cámara plásticos de un solo uso que se venden en su barrio. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Nenita

Nenita Azuelo, de 67 años, se mudó en 1976 a una vivienda en la orilla del llamado Estero de Paco, afluente del Pásig. A unos 300 metros de su casa y en medio del pequeño río se levanta una valla azul que tiene como objetivo detener el flujo de basura. Al lado, tres hombres con camisetas en las que se lee River Warriors, Guerreros del Río, retiran la basura acumulada en el caudal y la meten en grandes sacos: trabajan en el servicio de mantenimiento fluvial instaurado hace una década. Son un pequeño engranaje en la insuficiente maquinaria de limpieza del río, atascada por el monumental volumen de basura.

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Una rata roe un envoltorio de plástico en el Estero de Paco. © Santi Palacios para Sonda Internacional

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Armando, de los River Warriors, trabaja limpiando el Estero de Paco. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Pegado a la casa humilde de Nenita hay un pequeño sari sari, como se conoce a los puestos que venden multitud de productos de uso diario: buena parte de ellos, en sobres monodosis que acaban flotando en las aguas. A ellos se suman los vertidos domésticos de este pequeño barrio en el que viven cerca de 300 personas en viviendas sin siquiera tanques sépticos.

Pese a todo, este lugar ha vivido tiempos peores. La Comisión para la Rehabilitación del Río Pásig, organismo creado en 1999 —y disuelto en 2019, después de que se transfirieran sus competencias—, tomó este lugar como un proyecto modelo y aplicó un plan intensivo de limpieza: aunque la basura aún flota en sus aguas, aquella iniciativa marcó un antes y un después en este lugar.

El río Pásig a su paso por Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional 

Miles de plásticos cubren los manglares del Parque Marino Tanza. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Manglares

La industrialización y el feroz crecimiento urbano de la capital en el último siglo ha acabado con la gran mayoría de los bosques de manglares de la bahía. De las cerca de 54.000 hectáreas que se cree existían a finales del siglo XIX, hoy quedan poco más de 500.

Los manglares tienen una función esencial en el ecosistema de la zona. Sirven de barrera natural para atenuar la fuerza de tormentas o tsunamis, son refugio de numerosas especies de aves migratorias y, al mismo tiempo, son capaces de absorber grandes cantidades de CO2.

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Una bolsa de plástico permanece enganchada a las raíces de los manglares, asfixiándolas. © Santi Palacios para Sonda Internacional

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Las orillas del Parque Marino de Tanza amanecen inundadas de plásticos. © Santi Palacios para Sonda Internacional

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Un perro con sarna demodécica deambula entre plásticos en el Parque Marino de Tanza. © Santi Palacios para Sonda Internacional

Orillas del Parque Marino de Tanza, en la bahía de Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

La marea de residuos que llega a las costas y a los parques marinos de Tanza y Freedom Island –reservas de la biosfera en los dos extremos de la megaurbe– es una amenaza adicional para la supervivencia de los manglares, ahogados por los plásticos que cubren sus raíces aéreas y que les impiden regenerarse. Pese a los esfuerzos por limpiar los parques marinos, la basura sigue llegando de forma imparable. Solo en el parque de Tanza, en el norte de la bahía y donde quedan 26 hectáreas de manglares, se recogen unas cinco toneladas de residuos cada mes. 

Sonda

Reneboy, 40, muestra a cámara los plásticos flotando junto a su chabola, en la bahía de Manila.  © Santi Palacios para Sonda Internacional

Reneboy

Reneboy tiene 40 años y vive en el Parque Marino de Tanza. Hace años vivía de la pesca, pero ya le es imposible salir adelante con lo que obtiene del mar. Sus redes recogen hoy en día más plástico que peces. Ahora subsiste gracias a la fabricación de carbón, que le reporta hasta 2.000 pesos semanales (unos 34 euros), y obtiene otros 500 pesos (8,5 euros) de limpiar y revender el plástico que recoge de la orilla.

En este rincón de Manila se ven plásticos entre los manglares, enganchados en las ramas de los arbustos, extendidos como una alfombra sobre el litoral. «A veces el plástico es perjudicial. Pero también puede ser una bendición»

Plástico flotando en las aguas de la bahía de Manila. © Mikel Konate para Sonda Internacional

Bahía de Manila

Con unos 200 kilómetros de costa, la de Manila es una de las bahías más contaminadas del mundo, tanto en su terreno costero como en sus aguas. Además de la capital, su litoral comprende otras cuatro provincias (Cavite, Bulacan, Pampanga y Bataan). En total, viven en esta zona cerca de 16 millones de personas. 

El área de la bahía es el principal centro de actividades económicas del archipiélago filipino, desde industriales, navieras o pesqueras hasta comerciales, turísticas y de acuicultura. 

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Un grupo de niños observa a un hombre que recoge plásticos para su venta en la desembocadura del río Pásig en Manila, Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

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Desembocadura del río Tullahan, en Navotas, Metro Manila. © Santi Palacios para Sonda Internacional

En las zonas más próximas a la costa, los análisis de sus aguas arrojan elevadas concentraciones de bacterias como la del E.coli; pero los datos son escasos y ello dificulta adoptar medidas concretas. Para combatir la falta de datos y visibilizar la contaminación, el oceanógrafo Deo Onda ha creado con su equipo del Instituto de Ciencias Marinas de la Universidad de Filipinas la web PlastiCount Pilipinas, un repositorio de las investigaciones científicas sobre microplásticos y plásticos en el archipiélago. El proyecto deja patente los limitados estudios que se han hecho sobre la bahía. Eso sí: entre los que hay, todos muestran la existencia de grandes cantidades de microplásticos. “Lo primero que necesitamos saber es dónde están, cuánto hay y de qué tipo son, para luego responder a preguntas como de dónde vienen, dónde se acumulan y por qué, y cuál es la mejor manera de gestionarlo. Tenemos que obtener datos y trasladarlos a políticas», dice. Ahora mismo, «solo estamos arañando la superficie del problema».

También habla de las consecuencias de esta contaminación. En el caso de los plásticos más grandes, pueden verse cubiertos de biofilms bacterianos y convertirse en hábitat de otros microorganismos que pueden causar enfermedades. «Hemos visto pruebas de que muchas de las bacterias presentes en los plásticos pueden causar enfermedades en corales, peces o humanos». Y a ello se añade la contaminación de la cadena alimentaria por microplásticos. Prácticamente todos los artículos recogidos en PlastiCount apuntan a que los peces estudiados tienen microplásticos en sus intestinos. «¿Cómo afecta ello a peces más grandes? No lo sabemos. ¿Cómo nos afectan a los humanos los microplásticos que ingerimos? Tampoco lo sabemos. Ese es el problema. Ya estamos expuestos a ello y aún no sabemos cómo nos afecta».

«Pese a que sabemos que los plásticos son un problema, los humanos somos seres visuales.

Y a veces, para tomar conciencia de un problema, tenemos que verlo».

Doctor Deo Onda, investigador, Laboratorio de Oceanografía Microbiana de la Universidad de Filipinas.

Una playa de Freedom Island, en la bahía de Manila, amanece cubierta de plásticos traídos por la marea. © Santi Palacios para Sonda Internacional

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