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Bor, tierra sumergida

En Sudán del Sur las inundaciones agravan décadas de conflicto y desplazamiento

© Santi Palacios

Resumen del proyecto

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Título proyecto:

Bor, tierra sumergida

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Un medio sin ánimo de lucro

Periodismo visual sobre ecología humana y crisis climática

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3 noviembre 2026

En un planeta cada vez más cálido, el ciclo del agua se intensifica: el aumento de la temperatura global provoca lluvias más frecuentes y extremas, así como inundaciones más prolongadas que el terreno ya no logra absorber. África subsahariana es una de las regiones más expuestas a estos cambios, que amenazan la subsistencia de millones de personas dependientes de la agricultura y el pastoreo.

Como ocurre con otros impactos de la crisis climática, las inundaciones no afectan a todos por igual. Sudán del Sur, el país más joven del mundo, arrastra décadas de guerra, desplazamientos forzados e inestabilidad. Desde 2019, las lluvias excepcionales provocan inundaciones recurrentes que destruyen cosechas, diezman el ganado y obligan a cientos de miles de personas —muchas de ellas ya desplazadas por la violencia— a huir nuevamente de sus hogares, lo que evidencia cómo el clima extremo agrava vulnerabilidades preexistentes y multiplica las necesidades de protección.

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Un niño contempla un campo anegado que debe cruzar en su comunidad, a las afueras de la ciudad de Bor. Las prolongadas inundaciones estacionales han transformado extensas zonas de la región, obligando a los habitantes a desplazarse por terrenos sumergidos como parte de su vida cotidiana. © Santi Palacios/Sonda Internacional

Bor, capital del estado de Jonglei, se encuentra en el epicentro de esta crisis. Ubicada en una extensa llanura atravesada por el Nilo Blanco, esta localidad permanece anegada durante meses y los pueblos y campos de alrededor se transforman en un paisaje inundado. Para una población mayoritariamente pastoral y agrícola, las crecidas suponen la pérdida de alimentos, refugio y medios de vida, lo que profundiza la crisis humanitaria. En este círculo vicioso el cambio climático no actúa como causa aislada, sino como un factor que incrementa la fragilidad existente y dificulta las posibilidades de recuperación de las comunidades afectadas.

Zona inundada en el asentamiento para personas desplazadas de Jalle, cerca de Bor, en Sudán del Sur. © Santi Palacios/Sonda Internacional

El país más joven del mundo

Sudán del Sur se convirtió en el país más joven del mundo en 2011, al independizarse de Sudán tras décadas de guerra. Pese a las grandes expectativas, el nuevo Estado nació marcado por la inestabilidad. No había apenas infraestructuras, las instituciones eran extremadamente débiles y la economía muy precaria. Apenas dos años después, una nueva guerra sumió al país otra vez en la violencia, provocando desplazamientos masivos y una crisis humanitaria cuyas consecuencias persisten.

Hoy, gran parte de la población depende de una agricultura de subsistencia, del pastoreo y, en zonas fluviales, también de la pesca. El acceso a servicios básicos como la sanidad, la educación o el agua potable es muy limitado. Apenas existen carreteras y las que hay son intransitables durante largos periodos del año. Las comunidades afrontan múltiples formas de vulnerabilidad simultáneamente. La inseguridad, la pobreza estructural y la falta de oportunidades han hecho del desplazamiento una experiencia recurrente para millones de personas.

En este contexto de fragilidad prolongada, las inundaciones que afectan a Sudán del Sur año tras año agravan la situación. Cuando el agua sumerge aldeas y tierras de cultivo no irrumpe sobre una realidad estable, sino que anega comunidades exhaustas por años de conflicto y escasez. Aquí, el impacto del cambio climático profundiza riesgos existentes, aumenta la inseguridad alimentaria y merma la resiliencia de las familias desplazadas.

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Chozas abandonadas en una zona parcialmente inundada a las afueras de Bor, en Sudán del Sur. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Varios hombres trabajan en un campo de sorgo en Baidit, cerca de la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Dos mujeres ponen pescado a la venta en un asentamiento para desplazados internos en Jalle, cerca de la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Decenas de vacas se agrupan junto a pequeñas hogueras encendidas por su propietario, cuyo humo las protege de las picaduras de insectos, a las afueras de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Cientos de personas recorren las calles del mercado de Bor al anochecer. ©Santi Palacios/Sonda Internacional

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Varias personas cruzan una zona inundada por las lluvias recientes, en la ciudad de Bor, Sudán del Sur. © Santi Palacios/Sonda Internacional

Una mujer contempla las aguas de las inundaciones en la comunidad de Achiengdiir, en la ciudad de Bor. El agua de las inundaciones de años anteriores aún no ha retrocedido, una situación agravada por las intensas lluvias de los últimos meses. © Santi Palacios/Sonda Internacional

Inundaciones

Desde 2019 Sudán del Sur ha registrado algunos de los episodios de lluvias más intensos de su historia reciente, lo que ha incrementado la exposición de comunidades ya golpeadas por años de conflicto y precariedad. En una de las regiones afectadas se encuentra Bor, capital del estado de Jonglei, que históricamente ha convivido con las crecidas del Nilo Blanco. Se trata de un fenómeno predecible al que las comunidades se habían adaptado, pero en los últimos años ese equilibrio se ha roto: las inundaciones son cada vez más frecuentes, más prolongadas y con mayor alcance. 

Las aguas comienzan a subir durante la temporada de lluvias, entre junio y octubre. Algunas zonas pueden quedar anegadas durante meses, incluso hasta bien entrado el año siguiente. Las comunidades quedan aisladas y los pueblos, caminos y campos se transforman en un paisaje continuo de agua que impide el acceso a servicios básicos. Jacob Yuang, responsable de un centro de salud en Baidit, a pocos kilómetros de Bor, cuenta desde el recinto inundado de la clínica que muchas de las enfermedades de sus pacientes están relacionadas con el agua estancada. 

Sin drenajes ni defensas fluviales eficaces, la región es especialmente vulnerable a estas crecidas prolongadas, que desbordan la capacidad local de respuesta. Para una población dedicada al pastoreo y la agricultura, el impacto es devastador. El agua destruye cultivos, diezma el ganado y obliga a las familias a desplazarse hacia zonas más altas o asentamientos improvisados. Esto se traduce en inseguridad alimentaria, dependencia de la ayuda humanitaria y más exposición a enfermedades. Las inundaciones en Bor no son un episodio puntual, sino una crisis recurrente que erosiona la resiliencia de las comunidades y agrava un contexto humanitario ya extremadamente frágil.

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Una mujer recibe pescado de un joven en una canoa, en una zona inundada junto a un asentamiento para desplazados internos en Jalle, al norte de la ciudad de Bor, Sudán del Sur. © Santi Palacios/Sonda Internacional 

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Un hombre circula en motocicleta por una zona inundada en Baidit, cerca de la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Jong Nhialic (izquierda) y Mayok Agang salen a pescar en canoa por las aguas de las inundaciones, junto al dique que protege un asentamiento de personas desplazadas de la subida del agua, en Jalle, cerca de la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Un niño se baña en las aguas que inundan un camino en Baidit, cerca de la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Jacob Yuang, de 41 años, responsable de un centro de salud, posa para un retrato en el recinto de la clínica, anegado por las inundaciones, en Baidit, cerca de la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Cientos de casas y refugios permanecen parcial o completamente sumergidos en la comunidad de Achiengdiir, en la ciudad de Bor. Las aguas de las inundaciones recurrentes de años anteriores aún no han retrocedido, por lo que gran parte de la comunidad permanece permanentemente bajo el agua. © Santi Palacios/Sonda Internacional

Asentamiento para personas desplazadas internas en Jalle, cerca de la ciudad de Bor, estado de Jonglei, Sudán del Sur. © Santi Palacios/Sonda Internacional

Desplazamiento

Alrededor de 1,9 millones de personas viven desplazadas dentro de Sudán del Sur a causa de la violencia y de fenómenos climáticos extremos. A esta crisis interna se suma una dinámica regional compleja: el país acoge también a más de 600.000 personas refugiadas que huyen de la violencia en naciones vecinas. La combinación de desplazamientos prolongados, recursos limitados y clima extremo incrementa de forma significativa las necesidades de protección.

A pocos kilómetros de Bor se encuentra Jalle, un asentamiento que ha crecido rápidamente a causa de inundaciones que anegaron aldeas enteras. Allí, en una casa de chapa al borde de un terreno cubierto de hierba, vive Aguek Monyror Deng, de 60 años, que recuerda cómo aquel lugar era una pequeña aldea antes de que miles de personas llegaran en busca de tierra seca junto al dique que contiene el agua.

Entre esas personas estaba Yar Anyieth Nhial, de 45 años, que llegó a Jalle junto a su familia después de que las inundaciones destruyeran su casa una vez más, como ya ocurrió en 2020 y 2021. Sentada bajo un árbol junto a su nuera para protegerse del sol, cuenta que duerme en un precario refugio de apenas cinco metros cuadrados con otras seis personas.

Las opciones de alojamiento seguro para familias desplazadas son muy limitadas. Como muchos de sus vecinos y vecinas, Adout Wuoi Monjoun, pescadora de 50 años, tuvo que dejar su hogar a causa de las inundaciones. En la actualidad vive en un frágil refugio en Jalle con su marido y sus hijos. La presión sobre los pocos recursos disponibles y la inseguridad recurrente refuerzan la necesidad de apoyo humanitario sostenido.

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Yar Anyieth Nhial, de 45 años (derecha), y su nuera Ajier Deng Kuor, de 20, se resguardan del sol intenso bajo un árbol, junto a la choza donde duermen con otras seis personas en un asentamiento de desplazados internos en Jalle, al norte de la ciudad de Bor, en Sudán del Sur. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Asentamiento para personas desplazadas internas en Jalle, cerca de la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Aguek Monyror Deng, de 60 años, nacida en la pequeña aldea que con el tiempo se ha convertido en un asentamiento para personas desplazadas internas, posa para un retrato frente a su casa en Jalle, cerca de la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Peace Jennifer, de 30 años, corta leña en un asentamiento para desplazados internos en Jalle, cerca de la ciudad de Bor, en Sudán del Sur. © Santi Palacios/Sonda Internacional 

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Adout Wuoi Monjoun, pescadora de 50 años, frente al frágil refugio en el que vive con su marido y sus hijos, en Jalle. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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Varias mujeres caminan al atardecer sobre un dique de tierra que frena el agua que inunda la comunidad de Achiengdiir, en la ciudad de Bor. © Santi Palacios/Sonda Internacional

Fronteras del clima

Las consecuencias del cambio climático amenazan a millones de personas desplazadas en todo el planeta. Son poblaciones que han huido de la guerra, la persecución y la violencia para terminar en algunas de las zonas más afectadas por el clima extremo. Pese a haber contribuido muy poco a las emisiones globales, las comunidades desplazadas, y a menudo las de acogida, están en la primera línea de la emergencia climática. 

Los datos son contundentes: de los cerca de 117 millones de personas refugiadas y desplazadas en todo el mundo, 90 millones —tres de cada cuatro— están en situación de riesgo por los fenómenos climáticos extremos. La mayoría se encuentra en países frágiles, muchas veces en áreas remotas y sin los recursos necesarios para hacer frente a las inundaciones, sequías, tormentas, huracanes o ciclones que cada año cobran más fuerza.

Incluso cuando no es la causa directa de los desplazamientos forzosos, el cambio climático sí actúa como un factor multiplicador de riesgos que agrava aún más la vulnerabilidad de quienes han abandonado sus hogares. Familias enteras afrontan el dilema de emprender una segunda huida por los desastres climáticos, que hacen aún más difícil su lucha por salir adelante. Quienes ya no tienen adónde escapar necesitan respuestas urgentes frente a una crisis que ya no es solo ambiental: es humana.

Este reportaje forma parte de la exposición "Fronteras del clima”, realizada por Santi Palacios para ACNUR. Un recorrido visual que nos lleva a Honduras, Sudán del Sur y Bangladesh, tres de los países donde la emergencia climática golpea con mayor fuerza a las poblaciones desplazadas. 

Cientos de viviendas y refugios permanecen parcial o totalmente sumergidos en la comunidad de Achiengdiir, en la ciudad de Bor. Las inundaciones recurrentes de años anteriores aún no han remitido, dejando grandes zonas de la comunidad permanentemente bajo el agua. © Santi Palacios/Sonda Internacional

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